Cuando una persona llega a consulta por primera vez, como terapeutas es necesario que hagamos un trabajo de empatía profunda para ver a la persona, es decir, ponernos en su lugar , no sólo a nivel cognitivo sino emocional. Esto nos requiere mucho esfuerzo y atención por nuestra parte. En las primeras fases de la terapia, cuando el vínculo aún no se ha establecido, es muy importante ofrecer escucha y apoyo. Sin embargo, si sólo y siempre ofrecemos apoyo, es posible que la relación terapéutica se quede coja. Por eso, a medida que avanza el proceso es necesario tanto el apoyo como la confrontación.

El apoyo consiste en reforzar las expresiones auténticas del paciente, sus sentimientos, conductas y deseos genuínos. La confrontación consiste en denunciar los juegos neuróticos de la persona: lo falso, evitativo o manipulativo.

Ahora bien, ¿como podemos saber lo que es falso y genuíno en la persona? No tenemos otra brújula que nosotros mismos y lo que sentimos. Se ha tendido a idealizar el rol del terapeuta bajo la premisas de la neutralidad, algo que la actual ciencia ya pone en duda.  Es claro que no podemos ser completamente objetivos. El vínculo terapéutico, uno de los factores que más curan en la terapia, será siempre intersubjetivo. Como terapeutas somos nuestro propio instrumento al servicio del otro.